30/9/13

4:46 AM

Solo queremos una vez en la vida. Esa vez es la primera, en la que nos sumergimos en un espacio fantástico, irreal y utópico, hasta que nos damos cuenta de que la persona que más queremos y más nos quiere, es capaz de matarnos por dentro. Es entonces cuando descubrimos que el mundo está lleno de galletas que se rompen al mojarlas demasiado, de jerséis navideños que parecen cálidos pero pican y de valientes e insensatos adolescentes emocionalmente inestables que creen en el amor y que, por idiotas que parezcan, son los que realmente lo entienden.

Después de este peligroso y primer coctel de hormonas, del todo o nada, todas las demás veces son meras aproximaciones, tímidos intentos de reconstrucción dominados por el miedo en los que tendemos a asegurar nuestro paracaídas antes de subir al avión. Simulacros de evacuación perfectamente ensayados al estilo sálvese quien pueda. Querer es dar a alguien el poder de destruirte, y la memoria del dolor hace que no volvamos a dar ese poder de la misma forma. Quizás a nadie, quizás nunca.